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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

14 de diciembre de 2019

Voces desde el exilio. La Verdad sobre la violencia en Colombia. Parte I

En los últimos días de noviembre, la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición de Colombia estuvo en Buenos Aires para recabar testimonios de víctimas de la violencia en Colombia y fortalecer los lazos con las organizaciones que en Argentina y en el Cono Sur vienen trabajando por sus derechos. En esta entrevista el médico y doctor en psicología español Carlos Beristain, integrante de la Comisión, expone los orígenes de este trabajo de reconstrucción de la verdad desde el exilio, resalta la importancia del diálogo latinoamericano y de las redes de apoyo, y enfatiza la necesidad de una verdad que dignifique.

Ver parte II


Carlos Beristain en el marco de la visita de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición de Colombia en Buenos Aires.
Foto: Mora Illescas

La Comisión de la Verdad viene haciendo un trabajo en el exterior desde hace aproximadamente dos años como consecuencia de la firma del Acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC. ¿Cuáles fueron los elementos que llevaron a pensar en la diáspora colombiana, en esa otra Colombia que vive fuera de Colombia y considerar que allí había voces que debían ser escuchadas?

C.B.: En el marco del proceso de paz entre el gobierno de Colombia y las FARC, las propias víctimas que estaban fuera del país se fueron organizando. Se crearon algunos colectivos en Europa y en América Latina que enviaron cartas a la mesa de negociación y que dijeron ‘hay víctimas que están fuera del país y deben ser tenidas en cuenta’, y que pidieron y exigieron la participación en ese proceso. En el propio Acuerdo de la Comisión de la Verdad aparece la palabra “exilio” que se refiere a las víctimas que están fuera del país. También en las primeras decisiones que tomó la Comisión se hizo evidente que la Comisión tenía que acercarse a los territorios. Asimismo, se cuenta hoy con 28 Casas de la Verdad en todo el territorio colombiano, y se ha hecho clara la idea de que no se puede trabajar solamente desde Bogotá teniendo en cuenta la complejidad de conflicto y la necesidad de acercamiento a las víctimas. Ahí propusimos reconocer que hay una Colombia fuera de Colombia, fuera de su propio territorio, y que hay más de medio millón de refugiados y refugiadas colombianas, personas que han tenido que salir del país por motivos del conflicto armado o que han necesitado protección internacional y que merecen que la Comisión establezca un dispositivo de trabajo y de escucha que facilite dos cuestiones. Uno, que la gente se sienta parte de un proceso más colectivo de lo que se está haciendo en Colombia y dos, el recate de las historias de Colombia que están fuera del país, al igual que las propias experiencias de exilio que son una experiencia invisible. En general en la mayor parte de los países en conflicto o con dictaduras se tiende a pensar en los refugiados y en los que están fuera del país como aquellos que estuvieron en buenas condiciones, que la pasaron mejor, que tuvieron menos problemas. Pero realmente hay una invisibilización de los impactos. Y ahí nos preguntamos, ¿cómo podemos contribuir a rescatar esas voces, las experiencias de los que están afuera, de aquellos que esperamos que ojala se sientan hoy parte de ese proceso más colectivo de construcción de la verdad? ¿Cómo convertir la propia experiencia de exilio en algo que necesita un reconocimiento en el país? En Colombia, hay una Unidad de Víctimas creada en el marco de una ley anterior (1448) antes del proceso de paz con las FARC y ahí no hay un reconocimiento del exilio como violación. Si hay un reconocimiento para alguien que fue víctima de tortura, incluso de desplazamiento, pero no del exilio como tal.

 

En varias ocasiones, usted ha afirmado que dar la voz a las víctimas es también un ejercicio de ciudadanía y de participación frente al proceso de paz. ¿Cómo han visto ese ejercicio en el diálogo con las víctimas?

C.B.: Yo diría que hay dos cosas que son importantes. Una es el resultado; el tener un buen informe, las historias de la gente, cómo las recogemos de forma significativa. La segunda es también ver cómo recuperar el derecho a la palabra, hacer que tu historia valga, que importe lo que tu cuentas, y que además alguien te crea. Los demandantes de asilo, las personas que han tenido que salir del país que han tenido que ver con una historia negada en su país han llegado a otros países con historias que no se reconocían. Son personas que tienen que justificar porqué tuvieron que salir del país, demostrar persecuciones, etcétera. Entonces, se trata de hacer un ejercicio de que a la gente le crean. El primer derecho es el derecho a que tu historia cuente, teniendo en cuenta este ejercicio de construcción colectiva. Y ahí hay un ejercicio de una ciudadanía que se vio negada cuando una persona tuvo que salir del país por persecución, por miedo, por la falta de protección. Y también, ojalá que sea un ejercicio que para las victimas tenga sentido, que sea un ejercicio de sanación, de poder sacar el dolor.

Algunas personas que hemos entrevistado nos han dicho, ‘vengo con una mochila’ o ‘venía con una mochila de mucho peso durante años’. Acabamos ahora mismo de tomar un testimonio de un caso de la Unión Patriótica, un partido político creado en el año 1985 en el marco de un proceso de paz con las FARC que se frustró y que generó el exterminio de ese partido político. Se trata de unas 3.000 personas asesinadas y de otras tantas que sufrieron desplazamiento, tortura, a lo que muchas veces se añade que es la primera vez que esas personas cuentan su historia después de treinta años. Eso muestra también la profundidad de los silencios, de cosas que no se han podido abordar, del peso que esas mismas historias han tenido en las mismas familias en el propio país. Y se trata de ver como abrimos un espacio en el que la gente se sienta bien tratada, bien considerada, con el tiempo que necesite para expresar cosas que son muy dolorosas. Pero ojala que también sea un espacio que la gente sienta como positivo y que sienta también que la Comisión va a hacer algo positivo con una historia de desprecio. Las violaciones a los derechos humanos son una historia de desprecio. En las que la vida no vale nada, te pueden matar, desaparecer, torturar. Y se trata entonces de ver cómo convertimos esa historia de desprecio en algo que sea una historia de resistencia, de dignidad, de recuperación, también de un sentido colectivo. Y como abrimos un espacio para que estas cosas de las que es tan difícil hablar. Cosas que duelen, con las que vas a quedar mal después, y que te preguntas para qué sirve en un país como Colombia tan cargado de impotencia.

“Voces desde el exilio. La Verdad sobre la violencia en Colombia. Su construcción desde la diáspora” - Revista Haroldo | 1

Carlos Beristain en la ex Esma, noviembre 2019
Foto: Mora Illescas

Usted ha dicho, desaprender esa experiencia de frustración, la sensación de que no se puede hacer nada, de que nada va a cambiar…

C.B.: Es que ese es uno de los efectos de la impunidad. La impotencia aprendida que termina convenciéndonos de que no se puede hacer nada, de que nada es posible. Hace años, antes de la Comisión de la Verdad, hicimos un trabajo con una organización de mujeres que se llama “La Ruta Pacífica de las Mujeres” y en el año 2011 - 2012 empezamos a trabajar y recogimos más de 1.000 testimonios de mujeres víctimas en un contexto en el que no se podía hablar de conflicto armado siquiera. Y lo hicimos a través de las redes de confianza de las mujeres, sin que se conociera, sin “dar papaya” como dicen en Colombia, pero que ayudaran a reconstruir esa historia de violencia contra las mujeres, que la mayor parte de las veces está invisibilizada, y que incluso ha sido poco recogida por las Comisiones de la Verdad. Y lo hicimos en un tiempo en que eso no se podía hacer. Alguna gente que conoció ese proyecto dijo, “no, ustedes están locos. Eso no se puede hacer”. Y bueno, lo hicimos a través de esas redes. Y las víctimas dijeron sí, queremos hablar. Y las organizaciones de mujeres hicieron una manera de trabajar que permitió que eso se lograra, incluso en un contexto tan negativo. Cuando llegó el proceso de paz con las FARC, tal vez las organizaciones mejor preparadas eran las organizaciones de mujeres, porque habían hecho ese trabajo y habíamos publicado un informe que se llama “La verdad de las mujeres” que se presentó en La Habana. Y ahí hay una propuesta de cómo se puede hacer una Comisión de la Verdad y en eso es en lo que estamos ahora.  

 

Ustedes dicen: hay que construir una relación de confianza en donde esta verdad pueda salir, ser escuchada, ser movilizada y de alguna forma ser transformadora. Ahora bien, en términos concretos, operativos, si pensamos que hablamos de un trabajo que se extiende en más de dos decenas de países, ¿cómo se hace para construir esa relación de confianza? ¿Hay redes, hay equipos, cómo funciona esto?

C.B.: Nosotros tenemos un pequeño equipo en Bogotá. Este trabajo empezó con la visita a algunos países buscando también algunos recursos económicos para viajar y realizar actividades fuera, y también a través de las redes de confianza que ya existían. En parte víctimas que ya conocíamos de antes. Yo hace 24 años que trabajo en Colombia, también he conocido mucha gente que tuvo que salir del país, y por otra parte organizaciones que se crearon a partir del proceso de paz y que ya se estaban estructurando. Entonces, lo que hemos hecho es una serie de visitas, de explicación en cada lugar, de pedagogía y de escuchar a la gente, lo que piensa, cuál es su esperanza, sobre qué cree que debería hacer una Comisión, sobre el sistema de verdad, justicia y reparación. Ver con quienes se puede dialogar. Ahí hay tres tipos de cosas que son clave para nosotros. Primero, la centralidad de las víctimas, cuáles son esas redes de víctimas más o menos organizadas con las que se puede empezar a trabajar. Segundo, las organizaciones de apoyo. Aquí en Argentina hablamos por ejemplo de Memoria Abierta, en otros países está el Servicio Jesuita para los Refugiados, el Instituto Catalán para la Paz en España, la Iglesia Sueca. Bueno, en los diferentes lugares tenemos interlocutores que, o trabajan sobre temas relativos a la paz o tienen hace rato un trabajo en Colombia o sobre Colombia, o que trabajan sobre los temas de refugio y asilo y han acogido a la población colombiana. Entonces un poco en base a esos tres tipos de organizaciones siempre hemos tratado de ver en cada país con quien se puede trabajar de forma que la Comisión pueda establecer algunos acuerdos informales o formales que permitan llevar a cabo ese trabajo. Y también como hacemos entre las víctimas, universidades, sectores de organizaciones no gubernamentales con las que, sobre la base de relaciones de confianza, podamos trabajar y generar algunos equipos de apoyo para el trabajo de la Comisión.

La Comisión no tiene recursos propios para estas redes de entrevistadores que tenemos, por ejemplo. Y hoy contamos con unas 4, 5, 10 personas, depende de cada país, que puedan hacer ese ejercicio de escucha a través de las redes de confianza que nos permitan recoger las historias, los testimonios, acompañar esos procesos. Así hemos ido estableciendo las bases de trabajo en Europa, en el Cono Sur, en Centro América, México, los países de frontera (Ecuador, Panamá, Venezuela, Brasil), Canadá y Estados Unidos. Hay algunos países en los que todavía falta hacer esos equipos con formación (Estados Unidos, Venezuela y Brasil) pero en el resto de los países la gente ya está haciendo ese trabajo de tomar testimonios, de escucha, de acompañamiento a las víctimas.

 

Ahí se ve la importancia de procesos de décadas, tanto dentro como fuera de Colombia. Resuenan en sus palabras, experiencias de Guatemala, Perú, Colombia… ¿Qué peso ha tenido este aprendizaje que resulta de experiencias que dialogan en diferentes países?

C.B.: Yo casi diría que ese ha sido mi aprendizaje y mi vida. En Guatemala por ejemplo, hicimos un proyecto en el año 1994, el proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica, impulsado por la Iglesia Católica. Esa fue una escuela fundamental que se basó en la experiencia del Cono Sur, en lo que se había hecho en Chile, en Argentina. Tuvimos un diálogo con esas experiencias para ver qué significaba todo esto, con organizaciones como el SERPAJ en Argentina para el diseño de ese trabajo que hicimos con la Iglesia Católica. Porque la guatemalteca fue la primera Comisión de la Verdad que puso mucho énfasis en las víctimas, en el impacto en las personas. De hecho, el primer tomo del informe Guatemala Nunca Más, realizado bajo el auspicio de la Iglesia Católica, se llama “Los impactos de la violencia” y muestra, desde una perspectiva más psicosocial, la profundidad de la herida en el país, de las fracturas, de las consecuencias de la guerra. Es decir, se trata no solo de las estadísticas y los casos, o de la dimensión jurídica que también es muy importante. Y esa es una escuela que después sería muy importante para la Comisión de la Verdad del Perú, para este proyecto de las mujeres de Colombia y para la Comisión de la Verdad de Colombia ahora. Ahí hay un intercambio muy significativo de aprendizajes y también de construcción de redes de apoyo. Porque todo esto se puede hacer si se fortalecen vínculos de gentes distintas.

En el proceso de paz mismo en Colombia, la dimensión internacional es muy importante. No solo por el apoyo si se quiere más financiero o el apoyo de ciertas embajadas o redes de trabajo en distintos países, sino sobre todo por los vínculos de confianza con muchas organizaciones que permiten que podamos estar aquí. Ahí también hay lazos que son muy importantes para sostener este trabajo. Y creo que hay una experiencia aprendida en América Latina de que también es muy importante no solo cómo se cuenta desde fuera sino también cómo hacemos un diálogo más profundo sobre esas experiencias en la práctica, más allá de esto que se denomina “intercambio de experiencias”. Es más bien detenernos y revisar cómo hemos trabajado en diferentes lugares y trabajar sobre cómo hemos aprendido. Por ejemplo, la búsqueda que se hizo aquí de desaparecidos fue muy útil para pensar en el caso colombiano. Sin esa experiencia compartida la Comisión muy probablemente no podría estar haciendo lo que está haciendo. Un líder de la Comunidad de San José Apartadó, en el norte de Colombia, cuando estábamos haciendo un intercambio de experiencias sobre la resistencia pacífica en medio del conflcto en Guatemala y El Salvador, nos dijo en la evaluación: “esto a nosotros nos ha gustado mucho, porque a veces uno piensa que está loco, que esto no se puede hacer, y sin embargo hemos visto que otras comunidades lo han hecho”.

 


* Carlos Salamanca Villamizar. Investigador Adjunto CONICET. Director del Programa Espacios, Políticas, Sociedades, Centro de Estudios Interdisciplinarios, Universidad Nacional de Rosario.
Desde 2014 realiza una investigación sobre las prácticas de memoria frente a acontecimientos de violencia en contra de los indígenas wayúu, en la península de La Guajira en el marco de un trabajo comparativo sobre violencia, espacio y memoria en Argentina, Colombia y Guatemala. Además de varios artículos sobre la temática, en el 2019 en colaboración con Jefferson Jaramillo dirigió y compiló el libro Políticas, espacios y prácticas de memoria. Disputas y tránsitos actuales en Colombia y América Latina.

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