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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

17/10/2020

A 75 años del 17 de octubre de 1945

Habló Perón ante una multitudinaria movilización en Plaza de Mayo

A partir de la lectura de diarios de época, libros escritos por protagonistas, los relatos de intelectuales y las narraciones históricas, el autor construyó su propia versión del 17 de octubre, que presenta como si hubiera sido una crónica periodística publicada en la edición vespertina de un diario del 18 de octubre de 1945.

Movilización de trabajadores y trabajadoras en Plaza de Mayo. Fuente: www.pagina12.com.ar

Ayer por la tarde, una multitud de trabajadores colmó la Plaza de Mayo y logró la liberación de Perón, que había estado detenido en la Isla Martín García desde el 13 de este mes. Desde las primeras horas de la madrugada, sindicatos autónomos, delegados y activistas interrumpieron el trabajo de varias empresas del Conurbano bonaerense. Una vez que su taller o fábrica paraba la producción, los trabajadores se dirigían a la empresa vecina para buscar igual resultado. Apelaban en su discurso a la necesidad de una movilización popular para liberar al coronel Perón, incluso diciendo que podía ser ejecutado. Se afirma que cuando no tuvieron buena acogida no siempre guardaron los buenos modales. La CGT, en su reunión del 16 de octubre que culminó a la medianoche, había declarado la huelga general para hoy, pero con anterioridad otros dirigentes obreros, agrupados en el “comité intersindical”, ya habían tomado la decisión de que la huelga general y la movilización tendrían lugar en el día de ayer. Esta desinteligencia, que algunos esperaban que hiciera fracasar ambas jornadas, parece haber duplicado la contundencia de la movilización y ha producido un cambio en el panorama político argentino.

Cuando ayer en la mañana el comité intersindical comenzó a parar fábricas y a agrupar obreros, hacía ya dos días que habían empezado las huelgas en Rosario, Tucumán y Berisso. De hecho, los delegados de los frigoríficos y los del azúcar agrupados en la Fotia parecen haberse insuflado ánimos mutuamente. La consigna era exigir la liberación de Perón. Los trabajadores de la provincia de Buenos Aires se decidieron a ingresar en la Capital. Por el sur provenían las columnas más gruesas desde Avellaneda, Lanús, Berisso y Ensenada. También entraban desde el norte, por Vicente López y Villa Martelli, y venían otros desde San Martín o desde el oeste, por la Avenida Rivadavia.

Alrededor de las 9, eran varias decenas de miles los que iban a cruzar el Puente Pueyrredón cuando de repente fue levantado: los trabajadores permanecieron estupefactos, mientras que, a la espera de los acontecimientos, se formó un piquete del escuadrón policial en el mismo lugar.

Durante la mañana hubo varias situaciones de represión policial. A las 7, en Brasil y Paseo Colón, la policía desarticuló el avance de alrededor de mil personas que se dirigían hacia la Casa de Gobierno. A las 8.30 fue disuelta una manifestación en Independencia y Paseo Colón. A las 9.30, se dispersó a unas diez mil personas reunidas frente al Puente Pueyrredón.

Los trabajadores que llegaban hasta el Riachuelo interpretaron que se trataba de una maniobra para impedirles cruzar y asumieron actitudes diferentes. Un grupo cambió de rumbo para intentar pasar por el puente del ferrocarril. Otro grupo, más entusiasta, se lanzó directamente a las aguas y las atravesó a nado. La mayoría, sin embargo, esperó con expectativa. De hecho, una hora después los puentes habían vuelto a bajar y los manifestantes ingresaron en la Capital con sus cánticos en defensa de Perón y sus banderas argentinas.

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Manifestantes en los alrededores de la plaza de Mayo. Fuente: Archivo General de la Nación (AGN) Colección Archivo Nacional de la Memoria

Ante el lanzamiento de gases lacrimógenos, los manifestantes volvían a reorganizarse y avanzar. A las 9.45, la policía registró una columna de cinco mil personas por la Avenida Vieytes. Media hora después una manifestación en Montes de Oca cubría diez cuadras. Otros treinta minutos más tarde, unas veinte mil personas avanzaban por Bernardo de Irigoyen hacia Avenida de Mayo. A las 12.10 una columna de diez cuadras transitaba por Corrientes. Mientras, en Cangallo y Montevideo y en Callao y Córdoba se reorganizaban movilizaciones con gente que cubría otras diez cuadras.

Los cartelones con el rostro de Perón y las banderas argentinas eran acompañadas de cánticos: “Yo te daré, / te daré, patria hermosa, / te daré una cosa, / una cosa que empieza con ‘p’: / Perón”. Los gritos desencajados de esos cuerpos sudorosos perturbaban la vida de la urbe: “La patria sin Perón / es un barco sin timón”.

En su marcha, las columnas se encontraban enfrascadas en discusiones y situaciones cargadas de tensión con la policía que intentaba disuadirlos para que no continuaran avanzando. Todo esto demoraba aún más a la multitud, que ya de por sí tenía sus propios motivos para progresar con lentitud: a su paso, sea en Barracas, San Cristóbal o Chacarita los manifestantes trataban de convencer a otros trabajadores de que cerraran las puertas de sus talleres y se plegaran a la movilización.

Los obreros de distintas zonas de La Plata o Avellaneda iban a pie, pero detenían todo tipo de transporte para hacerse llevar hasta la Capital. Al parecer, sin cobrar boleto varios convoyes partieron de La Plata, con destino a Capital, con centenares de obreros. Según otros, los trenes y vehículos eran escasos para la cantidad de gente que deseaba desplazarse a Buenos Aires. Muchos ferrocarriles interrumpieron su funcionamiento, aunque no resulta claro en qué proporción por adhesión de trabajadores o por boicot de los manifestantes. A medida que las movilizaciones avanzaban, la mayor parte de los comercios cerró sus persianas.

Hacia el mediodía eran escasos los trabajadores que habían llegado hasta la Plaza de Mayo. A esas horas el Comité de Huelga de la CGT salía de conversar con el ministro de Guerra, general Eduardo Ávalos, quien les pidió que levantaran la huelga general prevista para el día de hoy, requerimiento que los dirigentes sindicales rechazaron mientras que, por otra parte, hicieron responsable al gobierno de cualquier situación de represión. El mismo Comité visitó luego al coronel Perón en el Hospital Militar, donde se encontraba desde la mañana temprano. Varias columnas de obreros se dirigieron hacia allí, mientras otras permanecían a la espera de noticias. A las 14, varios miles de trabajadores se concentraron en la Avenida Luis María Campos. Ante el temor de que los manifestantes avanzaran, se ordenó a los soldados apostados dentro de la dependencia que amenazaran con utilizar sus ametralladoras para contenerlos.

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Juan Domingo Perón en el balcón de la casa de gobierno.Fuente: http://web.museoevita.org.ar/?p=3048

Durante toda la jornada las noticias se sucedieron vertiginosamente. Pocos sabían al comenzar el día 17 que habría una movilización, que Perón había sido trasladado al Hospital Militar, que la CGT declaraba huelga para el 18. De hecho, durante la mañana hubo trabajadores que se plegaron a las movilizaciones creyendo que Perón podía ser fusilado en la Isla Martín García. Una vez movilizados, sin embargo, no les alcanzaba ni con saber que estuviera en el Hospital Militar, ni con que el general Ávalos prometiera velar por su seguridad y, en realidad, nada iba a sosegarlos salvo ver al propio coronel en persona.

Según altas fuentes militares, desde la mañana el avance de las columnas generó tensión en el gobierno que encabeza el general Edelmiro Farrell. La represión puntual de la policía no era suficiente para detener el movimiento, a tal punto que hacia el mediodía se percibió una pasividad total de esa fuerza. Incluso hay rumores de que algunos suboficiales se habían plegado a la movilización. En la mañana, el jefe del Regimiento 10 de Caballería telefoneó al general Ávalos solicitando permiso para reprimir. Por su lado, el ministro de Marina, Héctor Vernengo Lima, exhortaba a adoptar medidas de fuerza. Ávalos se negó, porque creía que no había peligro y porque no quería que se produjera una represión violenta.

A las 15.15 había una manifestación de siete cuadras en San Juan y La Rioja, media hora después otra de unas nueve cuadras llegó al Congreso. Desde las 16 en adelante, en los balcones de la Casa Rosada, frente a los cuales se multiplicaba la presencia de los manifestantes, se sucedieron hechos disparatados. El general Ávalos, determinado a evitar que corriera sangre, salió a los balcones para dirigirse a la población. Cuando quiso hacer uso de la palabra enfrentó una rechifla que le impidió hablar. Con indignación, solicitó que llamaran al coronel Domingo Mercante, mano derecha de Perón, con el objetivo de que un allegado convocara a la desmovilización y pacificara los ánimos. Ya en el balcón, nadie sabe si por ingenuo o por inteligente, Mercante abrió diciendo: “El general Ávalos…”, lo que provocó una rechifla inmediata que interrumpió su discurso: tampoco él pudo hablar.

En medio de tanta confusión, distintas figuras, entre las que se encontraba el director del diario La Época, Eduardo Colom, comenzaron a afirmar que a las 18.30 el coronel Perón hablaría en la Plaza de Mayo. Mientras la noticia se propagaba por las radios, nuevos sectores se sumaban a las movilizaciones. Quienes estaban en el Hospital Militar también iniciaron su marcha hacia la Casa Rosada, un trayecto de más de seis kilómetros. Cada vez se escuchaban con mayor estruendo sus cánticos: “Nos quitaron a Perón / pa’ robarse la nación”.

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Tapa de Diario La Epoca, 18 de octubre, 1945.

Entre los manifestantes había algunos vestidos con saco e incluso sombrero, pero se iban incorporando otros que venían en mangas de camisa, con las camisas abiertas y arrugadas o directamente vistiendo cualquier ropa de trabajo. Podían verse también personas y grupos de las más diversas ascendencias: algunos que habían sido parte de las migraciones de los últimos años venidas desde las provincias, pero también otros que eran los hijos de las migraciones anteriores llegadas desde el otro lado del Atlántico. Morochos y rubios, morenos y blancos, aindiados y gringos, todos trabajadores bajo una misma consigna. Era la multitud más heterogénea que se hubiera visto hasta ahora por nuestras calles y avenidas.

Los porteños se paraban en las veredas a observar el inédito espectáculo. A la mayoría de ellos les resultaba chocante que por calles del centro de la ciudad anduvieran vociferando mujeres y hombres muy mal vestidos, algunos con ropas sucias, otros con rostros y colores de piel insólitos. Había quienes preguntaban “¿y estos quiénes son?”, “¿de dónde han salido?”. Había quienes sentían lástima por estos “pobrecitos”, “desharrapados”. Y también había otros indignados que hablaban de una “invasión”, de los “marcianos” o de “agentes a sueldo del naziperonismo”. El contraste social con las dos recientes movilizaciones antiperonistas –los refinados concurrentes a la Plaza San Martín del 12 de octubre y los manifestantes de la Marcha de la Constitución y la Libertad del 19 de septiembre– no podía ser mayor. Aunque si se observaba con más detalle, entre la multitud se podía distinguir tanto a empleados del Estado bien vestidos como a trabajadores pobres que habían caminado durante horas, todos gritando por Perón, vistos a los ojos de terceros como “adictos” al coronel.

Incluso más trabajadores comenzaron a desplazarse a esta Capital por la tarde. Al parecer, muchos se enteraron por las radios o por sindicatos que en un principio no se habían adherido a la protesta. Además, como la información circulaba por empresas y talleres, hubo quienes decidieron plegarse después del horario laboral. A las 16.30 una vez más el Puente Pueyrredón fue levantado y, si bien se repitieron escenas similares a las vividas por la mañana, poco tiempo después volvió a ser habilitado.

En Plaza de Mayo aumentaba la cantidad de manifestantes. Algunos, que habían recorrido kilómetros a pie, se quitaron el calzado y se refrescaron en las fuentes. Además de las diferentes vestimentas, había hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, así como grupos de niños.

Entre las 18 y las 19 la Plaza se colmó hasta que se hizo casi imposible desplazarse a su interior. El bochornoso calor de la jornada cedería muy lentamente, cuando el coronel Perón se entrevistó con el presidente Farrell. Alrededor de las 23, Farrell apareció en los balcones de la Casa Rosada y anunció que a continuación hablaría Perón. Estallaron los aplausos. Con diarios, los manifestantes encendieron antorchas improvisadas.

El locutor invitó a entonar las estrofas del Himno Nacional, mientras el coronel Perón preparaba las palabras que pronunciaría. Promediando su discurso, desde la multitud se escuchó con insistencia la pregunta: “¿Dónde estuvo?”. El coronel intentó evitar cualquier respuesta, pero, ante el reclamo de aquel sinnúmero de personas, señaló que no quería recordar el sacrificio que había hecho y que volvería a hacer por los presentes. Ese diálogo entre un líder y la multitud resultó tan inédito como el resto de la jornada.

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Manifestantes en el día de la lealtad, 17 de octubre 1954.
Fuente: Archivo General de la Nación (AGN) Colección Archivo Nacional de la Memoria

El coronel Perón cerró su discurso afirmando que ya no había motivos para realizar la anunciada huelga general, pero pidió que se llevara a cabo con festejos. La respuesta de los asistentes fue comenzar a gritar: “¡Mañana es San Perón, que trabaje el patrón!”. Por último, Perón pidió que abandonaran la Plaza con cuidado, en particular se dirigió a las mujeres obreras que estaban presentes. Y por último solicitó a los manifestantes que permanecieran unos minutos más “para llevar en mi retina el espectáculo grandioso que ofrece el pueblo desde aquí”. La mayoría se quedó un tiempo más en la Plaza y luego inició el regreso a sus hogares. Sin embargo, como la huelga general ya estaba en marcha, no había transporte público. Por lo tanto, los manifestantes que no podían retornar a sus casas se acomodaron en distintas zonas de la Plaza y pasaron la noche allí. En la mañana de hoy el centro de Buenos Aires estaba vacío, excepto por estos grupos que, a medida que iban despertando, retomaban el clima festivo del día anterior.

Durante la mañana recorrieron distintas partes de la ciudad haciendo escuchar otra vez sus cánticos, y estampando en paredes o vehículos diferentes leyendas con tiza. La zona céntrica y los barrios aledaños fueron escenarios de este espectáculo. Cuando el sol llegaba al mediodía, los grupos se detuvieron poco a poco para descansar y, al cierre de esta edición, retomaron su actividad en las calles.

Buenos Aires vivió muchos años orgullosa de su faceta europea, de su tez blanca y de sus reglas de etiqueta, especialmente para ingresar en el centro de la ciudad. Es una urbe que ayer y hoy vivió una división entre el clima festivo que dominaba sus calles –celebrado por estas personas y grupos provenientes de la periferia–, y el temor y el rencor con que muchos vecinos contemplaron la movilización desde las veredas, sus balcones o sus ventanas. Entre residentes, colegas de otros diarios y dirigentes políticos se escucharon algunas palabras en alusión a los manifestantes como “turbas”, “hordas”, “lumpenproletariat”, “malón”, “chusma”, “descamisados”, “negros”, “cabecitas negras”, “tribus” o “malevaje”. Este tipo de menciones en referencia a trabajadores argentinos amenazan la esperanza de que se haya tratado de una mera división pasajera. Atentan contra la ilusión, aún viva en muchos, de que no se perpetúe por los tiempos de los tiempos.

*Fragmento del libro de Alejandro Grimson, ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover a la política argentina, publicado por Siglo XXI.

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