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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

17/12/2021

A 20 años del 19 y 20 de diciembre

2001: cuando el miedo cambió de bando

Javier Trimboli afirma que “a veinte años el 2001 perdió lejanía, es referencia amenazante, zozobra para algunos y sueño ansioso de otros y otras”. Recuerda los saqueos, los índices de pobreza de entonces (y los de ahora) y trae a la memoria las entrevistas que María Moreno hizo, para Página 12, a partir de enero de 2002 a Nicolás Casullo, Alejandro Kaufman y las posiciones del Colectivo Situaciones. Pondera la intervención de Raúl Fradkin. Y menciona los aportes de Eduardo Rinesi y Gabriel Nardacchione y un (al menos) erróneo diagnóstico de Luis Alberto Romero sobre la clase política a mediados de 2001. “Las fuerzas sociales que venían desatadas y que en 2001 se manifestaron en una nueva masividad, en desborde, incluso con esas formas están más cerca de la solución, si es que hay alguna, que del problema”, afirma el historiador.

El primer topetazo ocurre en la memoria. O, mejor, en la perspectiva que gusta suponerse acumulativa, progresiva, cronológica. A diez años del 2001, la TV Pública realizó un programa, con bastante archivo y del poco repetido, acerca de lo que había ocurrido durante las jornadas de ese diciembre; también arriesgando, aunque apenas, alguna clave de sentido. Figuramos en los créditos un conjunto de compañeros y compañeras, Martín Rodríguez y Silvina Kaspin entre ellos. 2001. Relatos en primera persona, ¿se podrá seguir viendo, se sostendrá? Pruebo en estos días indecisos y lo que primero llama la atención es que en él domina por mucho la impresión de que el 2001 está lejos, incluso que es un capítulo cerrado. Por eso, aunque se plantean cosas que valen, la tensión no es relevante, se aguachenta; mucho está dicho y mostrado con la suficiencia que indica que lo que dolía e impedía dormir, lo que se disparaba carente de bordes, finalmente había sido restañado y contenido. Que nos hallábamos en la senda segura de las reparaciones. Quizás por esto no se arriesgaba mucho en la interpretación. ¿Y no era así?

Ni qué decirlo: a veinte años el 2001 perdió lejanía, es referencia amenazante, zozobra para algunos y sueño ansioso de otros y otras. Para colmo, todo bastante cruzado. Aunque repitamos sin titubeos que al mismo río no se entra dos veces, da vueltas a nuestro alrededor, olisquea la inercia. En una de ésas también, pero esto es sólo una sospecha, para algunos más es un recuerdo difuso y algo perdido, que sobrevive destartalado, sin nombre certero: pensamos especialmente en los hijos e hijas, en los nietos, de los miles -¿cuántos habrán sido? ¿cuarenta mil?- que salieron a saquear, permitan que lo diga así, y que luego se retiraron de la escena. O mantuvieron una inscripción en ella pero una más que nada ordenada, sujeta, incluso conquistando formas de incorporación social, derechos. Así hasta que los índices de pobreza, que no lo dicen todo, volvieron a trepar para ubicarse en el 40 por ciento –algo menos de 19 millones de personas que viven bajo esa línea- y los de indigencia alrededor del 10.

Adrede referimos a este protagonismo oscuro, porque apenas revisar las intervenciones que se sucedieron en los meses inmediatamente posteriores a diciembre de 2001, salta a la vista que fue lo que principalmente quedó en penumbras, fuera del radar, y sólo por semejante omisión emerge subrayado. Al grano: no se habla de los saqueos como parte del acontecimiento político que aún tiembla. Pero incluso con esta falla muchas de esas intervenciones son bárbaras, sacan chispas, vibran en la incomodidad ante un material, un hecho, que no ha dejado de ocurrir y se les resiste. Pelos arrancados, espaldas transpiradas, anteojos rotos. Nicolás Casullo, por ejemplo, en la entrevista que le hace María Moreno y se publica el lunes 4 de marzo de 2002 en Página 12, condensa su lectura de la situación en una escena que casi recién lo había perturbado desde la televisión: “Vi como una bella mujer, gritando por sus dólares en la city, increpaba a un movilero de Todo Noticias y le refregaba en la cara, en vivo y en directo, la historia de Clarín, Canal 13, Radio Mitre y Torneos y Competencias.” Se adueña del micrófono y acusa a todos de ser una “mierda”, para la consternación del “pobre chico”, el movilero, que pasmado no reacciona y “teme perder el empleo.” La mujer en cuestión es una “Santa Juana de los dólares” o “de los countries“, que se atreve a decir lo que dice porque es “de la misma ‘clase’ que la viuda de Noble.” A lo Pasolini en la coyuntura del ‘68, el afecto y la solidaridad de Casullo están con el movilero, un trabajador. Aunque ni una pizca de entusiasmo le genera ese “movimiento de damnificados” y no “oprimidos” –de este modo diferencia Alejandro Kaufman en otra conversación con María Moreno, el 28 de enero-, el tono con que Casullo narra y se retuerce además de preocupación trasluce buen humor, desparpajo, cerca de la alegría. Es cierto que, en su lectura, no es esto sólo lo que despertó en las jornadas del 2001; son también los estudiantes que lo corren por izquierda y lo descolocan por primera vez desde que da clases en la UBA. Ahora bien, ni palabra sobre la movilización persistente de las franjas más empobrecidas de la población, de ciudades tan distantes como Mendoza y Concordia, que merodearon alrededor de los supermercados desde los primeros días del último mes de ese año. Ni siquiera son telón de fondo, como si no se calibrara políticamente su actuación.

Desde otra posición, muy involucrados y en medio del trajín, el Colectivo Situaciones crea ese libro fundamental que es 19 y 20. Apuntes para el nuevo protagonismo social. La centralidad en estas páginas es de los MTDs y, en todo caso, de la multitud que lleva adelante los cacerolazos sucesivos, que se reúne en asambleas barriales, que antes había batallado en la Plaza de Mayo y sus adyacencias. Sin embargo, los saqueos sólo despuntan cada tanto, por ejemplo, en la caracterización que se hace de ellos como “la actualización de la destrucción del lazo social”; aunque, trascartón, también en la duda de un colectivo docente/militante que no está convencido, más bien lo contrario, de amonestar a sus pibes que se contagian la tentación de llegar a tiempo a las puertas del Carrefour de Moreno. Quienes no dudan son los editorialistas de la derecha, de los grandes diarios, que nombran definitivamente el sentido de la exclusión: los saqueos fueron acciones delictivas, que sólo aparentemente tuvieron como motivo el hambre. No merecen tratamiento político, sólo policial.

Martín Acosta / Fototeca ARGRA

Entonces: sin ser monocorde, sobresale el impulso que arrastra a hablar de diciembre de 2001 como si se tratara sólo de una irrupción de las clases medias, que una vez más serían quienes escriben los trazos mayúsculos de la vida colectiva. Para la execración o para la alabanza. Por su egoísmo o por su civismo. Dado que va a contramano, la intervención de Raúl Fradkin se vuelve imprescindible. Quizás haya sido la misma historia, su metier, lo que lo condujo a seguir con tanta atención lo que los diarios informaban sobre los saqueos, que él escribe entre comillas y rebautiza “motines populares” ante la “crisis de subsistencia”, pero ya no de un Antiguo régimen, sino de uno muy nuevo. Hobsbawm y sus “rebeldes primitivos” le dan una mano, sólo una, para pensar esto. Son notas que en primera instancia forman parte de un libro que, rápido, antes del fusilamiento de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, publica la Universidad Nacional de Lanús, compilado por Fabián Herrero, “Cosecharás tu siembra”. Cuenta Fradkin, conversando con Matías Farías y Julia Rosemberg, que su mujer había vuelto desconsolada de la escuela, en el conurbano, porque muchos de los pibes habían ido a saquear y huele la represión. Sin prender la tele escuchan los primeros cacerolazos y suponen que reclaman la intervención de las fuerzas represivas, para terminar con el caos y el ataque a la propiedad privada. Se equivocan pero no es inverosímil lo que imaginan, el deslinde está hecho y vale. Como sea, la fuerza de gravedad en su lectura se posó en estos “motines”, no en el tan mentado histerismo de los ahorristas, no en la acción, elogiada por pacífica, de los “vecinos”. Resalta que primeramente fueron los movimientos sociales los que encauzaron la protesta y casi con exclusividad ante los grandes supermercados se plantaron. Hasta que la ira y la masividad desbordan ese camino. Y, claro, lo delictivo se hace presente, lo “criminal” escribe, ingenuo suponer que podría ser de otra forma cuando se trata de vastos contingentes de población empujados a vivir en una zona gris, abandonados. No hay ni regodeo ni juicio moral, pero sí la percepción de que desde ahí también se puede producir un acontecimiento político. Con muchos límites, con visibles incapacidades.

Si el acontecimiento por definición se conjuga con lo inesperado, acá fue a la potencia. Lo que trajo como consecuencia la dificultad para estimar con mejor ojo de qué se trataba. A la “sorpresa” de la ciencia política se refieren Eduardo Rinesi y Gabriel Nardacchione en Los lentes de Victor Hugo. Ni de casualidad pudieron advertir en ninguna de sus facetas lo que salió a relieve ese final de año, porque el reordenamiento académico de ese saber, en franco giro conservador y procedimental, se había desentendido de los sujetos sociales, para sólo enfocar el comportamiento de los individuos como ciudadanos. En pos de estudiar con esmero el funcionamiento del sistema político y de las instituciones. “A diferencia de los sindicatos, los partidos políticos gozan de una salud excelente. (…) La eficiencia de los políticos, casi despojada de pasiones, facilita el ejercicio del gobierno.” Se ganan las palmas estas líneas publicadas a mediados de 2001 que las firma un historiador, Luis Alberto Romero, que bebía con fruición de ese mismo giro pero para escribir sobre el pasado y que, de tan confiado, se atrevía con el presente. Es la segunda edición de su Breve Historia de la Argentina Contemporánea, en la electrónica que saca en 2012 borra el desatino. Desconocemos cómo funcionan los controles de calidad del CONICET, aquí evidentemente no anduvieron, como si, descuidados, hubieran aprobado un barbijo transmisor de peste. El problema, claro está, tiene otra relevancia, y ya no hace esbozar ni media sonrisa, cuando aceptamos que esto nos implicó, sino de lleno pegando en el palo. Es decir, la sorpresa y el desconcierto alcanzó a profesores universitarios con afán intelectual que sólo tiempo después advirtieron que tenían mucho más que ganar que perder con lo que en 2001 se abría, al menos en uno de sus senderos.

Al erizar la historia, como pronto hubo posibilidad y fuerzas para hacer, se logró enlazar buena parte de lo ocurrido en los cinturones de las grandes y medianas ciudades argentinas en la fecha en cuestión con las luchas de los piqueteros de Cutral Có y Mosconi, con el Libertadorazo de Jujuy, con la Plaza de la dignidad de Corrientes y el corte del puente en 1999. Incluso con el Santiagueñazo. De lo poco que se arriesga en el documental que comentábamos se lo hace por este lado. Movimientos sociales que repudian incluso a la CGT y multitudes, con Deleuze, “demasiado numerosas” para ser encerradas en instituciones disciplinarias que hacen agua por todos lados y “demasiado pobres” para que la deuda las controle. Pero, desplazándonos de este cuadro, se podría seguir un hilo de criticidad antisistema, hilarante y a puntapiés con la deriva que había capturado a la política. De pulso emancipatorio –o libertario-, de ruptura con los amarres de una sociedad que, por sus complicidades pasadas y presentes, sólo merecía ser dañada. Sin llegar a ser un pensamiento del éxodo, este hilo recorría cantidad de expresiones de los años noventa. De distinta manera se dejaba ver en los programas de Fabián Polosecki, en los recitales de los Redondos, en Flema o en algunas letras de Intoxicados; también en las largas entrevistas de El ojo mocho, en las líneas casuales que se disparaban, en Todo por dos pesos y, fenomenalmente, en la poesía. Me refiero a la materialista –así la caracterizan Ana Mazzoni, Violeta Kesselman y Damián Selci-, que no buscaba justamente espiritualizar el desmadre, por ejemplo en la de Alejandro Rubio: “Me recontracago en la rechota democracia/ y en consejos, concejales, reformas, estatutos/ en los ediles y en las edilas, en codilicios y códigos/ en el favor del público y la bocota de los publicistas (…)” “Carta abierta” se llama. Para un contralectura de los noventa, que los celebre pero no lo vivazo que era Menem o por el “derecho al mundo” que supuestamente nos hizo desear.

Ricardo Abad / Fototeca ARGRA

Cuando anduvo por la Argentina en 1998, Hobsbawm se vio obligado, eso le pedían, a hacer balance de lo que había acabado con el celebérrimo “siglo XX corto”. Reflexionaba entonces sobre la cuestión del socialismo y el miedo. Porque el capitalismo y sus clases acomodadas se habían alterado por lo que creyeron una inminencia revolucionaria que amenazaba con acabar con su modo de vida. El socialismo funcionó como “memento mori” del capitalismo, le avisaba que tenía los días contados. El tan llorado Estado de Bienestar no nació del humanitarismo que emanaba virtuoso de algún poro del sistema, prosaicamente fue una de las respuestas al miedo. Bueno, con el siglo XX, concluía Hobsbawm, también él pasó a retiro y a la nueva época el color se lo dio la desinhibición de las clases dominantes. Volvemos: diciembre de 2001 reintrodujo el susto. Carlos Pagni en 2015: “La dirigencia argentina –donde pongo a los políticos, los empresarios, los medios, los sindicalistas, los líderes religiosos, a todos–, atemorizada por ese fenómeno, decidió darle a la gente una fiesta de consumo por diez años. Y al que nos dio esa fiesta lo consagramos Edipo Rey.”

Todo lo que andamos fue para llegar aquí, porque la revuelta del 2001 –en lo que tuvo de irrupción de mayorías sociales abandonadas, en lo que tuvo de plebeyismo y radicalidad- fue una de las nutrientes principales, sino la  principal, de esa versión del peronismo que es el kirchnerismo. Es la “potencia social acumulada” –como dice Raúl Prada respecto de Bolivia y el gobierno de Evo Morales en relación con las guerras del agua y del gas- la que permitió avanzar en un conjunto de políticas que redispuso al Estado respecto de la sociedad, a sus clases. Tampoco esto fue magia. Es de esa fuente que procederá la fuerza para avanzar hacia una hora de justicia. Por lo tanto, cuando leemos que José Luis Manzano, en plena pandemia y en vena oficialista, se alegra de que la sociedad argentina “se corte vertical” y no “horizontal”, que los más vapuleados y excluidos sobre todo miren “al Estado esperando su liderazgo”, es difícil no sospechar que goza por la encerrona en que nos encontramos. Las fuerzas sociales que venían desatadas y que en 2001 se manifestaron en una nueva masividad, en desborde, incluso con esas formas están más cerca de la solución, si es que hay alguna, que del problema.

Ricardo Abad / Fototeca ARGRA

Javier Trímboli

Historiador, profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata y asesor del Centro Cultural Kirchner.

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