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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

13/05/2022

A 46 años de su desaparición

Haroldo Conti en la República de Chacabuco

¿Qué huellas quedan del escritor de La balada del álamo carolina en la ciudad en la que nació el 25 de mayo de 1925? ¿Quiénes lo leen, lo recuerdan, hacen memoria viva de Conti? Una asociación de amigos, puestas teatrales, un jardín de infantes, una calle polvorienta, recorridos históricos, esculturas en hierro y murales en la vía pública: esas son algunas de las marcas cartográficas que hay de la vida y la obra de Haroldo en la ciudad de Chacabuco, allá en el noroeste de la provincia de Buenos Aires.

Los escritores del boom de la literatura latinoamericana hacen fila. Estamos en Quito, o en Guayaquil, a mediados de los años setenta, tal vez es el presidente de Ecuador quien brinda una recepción. Los intelectuales se van presentando, de uno en uno, a medida que saludan al mandatario. “Gabriel García Márquez, de Colombia”, dice el autor de Cien años de soledad. “Juan Rulfo, de México”, expresa el escritor de Pedro Páramo. “Mario Benedetti, de Uruguay”, señala el vate oriental. Es el turno de los argentinos. El flaco desgarbado se adelanta, le da la mano al mandatario ecuatoriano y, así, como quien no quiere la cosa, suelta: “Haroldo Pedro Conti, de la República de Chacabuco”. Sonríe con orgullo, con picardía niña, ante el desconcierto presidencial.

La anécdota -tal vez imprecisa, probablemente mítica- sale de la boca de Conti ante un grupo de amigos en el bar del Club Huracán, o en la confitería San Martín, en aquel Chacabuco de los años setenta. Al poco tiempo el escritor y militante del PRT-ERP desaparece a manos de un grupo de tareas. Sus palabras, su nombre: se acallan. Los recuerdos de aquellas charlas con Conti circulan en la ciudad de modo subterráneo, en plena dictadura.

Con el regreso de la democracia, dos periodistas, el porteño Néstor Restivo, el marplatense Camilo Sánchez, deciden realizar un libro periodístico sobre el autor de Sudeste, que primero lleva el nombre de Haroldo Conti, con vida (Nueva Imagen, 1986) y luego Haroldo Conti, biografía de un cazador (Homo Sapiens-TEA, 1999). Para la investigación, viajan a Chacabuco y entrevistan a la tía Haydée Lombardi; a su amiga y familiar Maruca Cirigliano; y Cacho Barrientos, hombre de teatro y gestor de la cultura municipal, uno de aquellos jóvenes que compartían mesa con Conti en los bares de su ciudad natal. Y en la misma mesa del bar San Martín, el director teatral cuenta aquella anécdota que da cuenta sobre el sentido de pertenencia que tenía el escritor con la ciudad en la que había nacido el 25 de mayo de 1925.

Retrato de Haroldo Conti, dibujo a lápiz del artista chacabuquense Gabriel Albamonte. La obra se encuentra actualmente en la Casa Museo de Haroldo Conti en Tigre.

Si las islas del Tigre fueron el escenario central de las primeras obras de Conti (Sudeste, En vida), si Buenos Aires era la capital de la soledad y el lugar del que había que escapar (En vida, Alrededor de la jaula), si Latinoamérica es el futuro y la esperanza (Mascaró, el cazador americano), la presencia de Chacabuco comienza a crecer en los cuentos reunidos en Otra gente y toma dimensión plena en su último libro de cuentos: La balada del álamo carolina. Allí aparecen el tío Agustín, la señorita Haydée y el señor Pelice, la banda de Bimbo Marsiletti, la plaza San Martín, la iglesia San Isidro Labrador, el molino Basile, el hotel Unión y hasta ese árbol que es árbol y es hombre, el más grande y formidable de todos, allá en el pueblo de Warnes. En su último cuento, “A la diestra”, reúne a todos los personajes de ese pueblo mágico en el que hasta vive el buen Dios y su hijo don Jesús, en una noche que es memoria y celebración. En una noche que es una visita a su infancia y a su propia obra.

Vayamos al meollo del asunto: ¿Qué huellas hay de Haroldo Conti hoy en Chacabuco, no en ese pueblo niño, si no en esta ciudad actual, que crece, que vive, que se alegra y sufre, allá al noroeste de la provincia de Buenos Aires? ¿Quiénes hacen viva la memoria de Conti? ¿Qué pasa ahí? ¿Lo leen, no lo leen? ¿Conti se oculta, brilla, se inmortaliza, es emblema en esa república de tierra, viento, piedra, cemento y soja que se levanta a unos 200 kilómetros de la Capital Federal de la Argentina?

Y sí, enumeremos: el jardín de infantes 908 que lleva su nombre, una calle mitad asfalto mitad tierra allá por atrás del anexo del Club Social, ese mismo club en el que te recibe una escultura del tío Agustín que tiene un pie atrapado en la tierra pero que se desvive por salir corriendo con destino a Bragado y escuchar en su larga corrida el canto del álamo carolina. Hay más: la Casa de la Cultura con su nombre, un Basilio Argimón de hierro que se construye de a poco en un taller metalúrgico, concursos literarios, unos murales al lado de la intendencia municipal con un Haroldo alado y una placa que dice: “Ciruelo de mi puerta, si no volviese yo, la primavera siempre volverá. Tú, florece”, ese poema anónimo japonés citado por Conti en su cuento “La balada del álamo carolina”.

Pero conozcamos quiénes son esas gentes que, día a día, construyen memoria de aquel escritor que amaba a Chacabuco, que lo hacía república, tal vez porque la patria es la infancia y la infancia es Chacabuco.

El álamo carolina está ubicado en el campo Los Pumas, en el pueblo de Warnes. Conti visitaba ese sitio de manera frecuente por su amistad con Maruca Cirigliano y ese árbol lo inspiró para escribir el cuento "La balada del álamo carolina".

Amigas y amigos de Haroldo

La Asociación Amigos de Haroldo Conti nació el 15 de febrero de 2012, en una reunión en la Escuela de Actividades Culturales de Chacabuco. La idea surgió de Julio Benvenuto, actor, director, dramaturgo y tapicero, quien había trabajado en diversas adaptaciones teatrales y cinematográficas de la obra del escritor de “Perfumada noche”.

Efraín Cirigliano tiene 49 años y forma parte de la asociación desde sus inicios. “La idea central era agrupar e institucionalizar todas las actividades que se llevaban a cabo en homenaje a Haroldo, sean musicales, teatrales, literarias, cinematográficas o educativas”, explica. Recuerda haber empezado a leer a Conti desde muy chico, ya que su familia lo tenía muy presente. Sin embargo, el escritor no formaba parte de ningún diseño curricular en las escuelas, ni primarias ni de nivel medio. “Mis compañeros lo desconocían totalmente. Hoy veo que en eso se progresó mucho, hay una gran cantidad de docentes que lo trabajan en sus programas de estudio”, señala.

Uno de los recuerdos más entrañables que tiene de estos años de trabajo con la asociación es una noche que compartieron junto a “Bachi” Cirigliano -amigo de Haroldo e hijo de Maruca, a quien Conti había inmortalizado en sus cuentos- en el mítico campo Los Pumas, allí donde está el álamo carolina y donde aún se encuentra la mesa de pinotea y la cocina Carelli de la que Haroldo hablaba en sus cuentos.

Profesora de Historia, Julieta Pederzoli es la actual presidenta de la Asociación de Amigos. Tiene 44 años y conserva la memoria viva de la primera vez que escuchó el cuento “Perfumada noche” en la voz de la docente Marisa de Nigris, en la escuela secundaria. Después, cuando comenzó a estudiar en la Universidad Nacional de La Plata, también fue creciendo su interés por el compromiso político de Conti.

"Ciruelo de mi puerta" es el poema japonés anónimo que abre el cuento "La balada del álamo carolina". La placa está emplazada al lado del árbol que inspiró el relato de Conti.

Secretaria de Cultura municipal entre 2011 y 2015, acompañó desde ese rol el surgimiento de la institución. Y en 2016 sintió que necesitaba un espacio de participación: lo encontró en esa Asociación de Amigos. Por teléfono, en una conversación que sortea esos 200 kilómetros que distan entre Chacabuco y Buenos Aires, habla con entusiasmo de los proyectos que llevan adelante. Está orgullosa de “Los caminos de Haroldo”, el proyecto que preserva y señaliza lugares emblemáticos en la biografía y la bibliografía de Conti en su ciudad natal, desde la plaza principal hasta el álamo del campo Los Pumas.

Julieta también dialoga acerca de la segunda edición del concurso literario, que lanzaron en plena pandemia y en el que recibieron más de 350 obras de todo el país. Y dice que ya están pensando en la tercera edición para este 2022. Se detiene en la puesta teatral sobre La Balada del Álamo Carolina que está montando el actor Mauricio Morando y que este año convocó a muchas escuelas. Y los pibes, dice, salían fascinados y pedían ir hasta la plaza San Martín para ver los carteles que forman parte de “Los caminos de Haroldo”.

Mayo es un mes muy importante para quienes recuerdan a Conti: el 5 es el aniversario del secuestro y desaparición; el 25 es el natalicio. Y en este “Mes de Haroldo”, como todos los años, la Asociación preparó múltiples actividades. Arrancaron con una mateada en la Plaza de la Memoria local y luego hicieron una visita guiada a la Casa Museo de Conti en el Tigre. Para el domingo 22 de mayo preparan un festival artístico con muchos artistas invitados y un cierre a cargo de Luciana Jury. Y el sábado 28 realizarán una nueva edición de “Los caminos de Haroldo Conti”, partiendo desde la Casa de la Cultura de Chacabuco para terminar en el álamo carolina de Warnes.

“Sueños hay muchos, pero el desafío principal es que esta institución permanezca en el tiempo, que pueda sumar otras generaciones y que logre con todas estas actividades el reconocimiento de Conti, no sólo en su literatura sino también en toda su dimensión ideológica”, señala Efraín.

Por su parte, Julieta tiene como uno de sus anhelos la reposición de “Mascaró, el cazador americano”, una adaptación teatral realizada por actrices, actores y técnicos de Chacabuco que llegó a montarse en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti en 2016, en conmemoración de los 40 años de la desaparición del escritor.

Versión teatral de "La balada del álamo carolina", con la actuación de Mauricio Morando y la dirección de Andrea Peluso. Actualmente se representa en salas teatrales y escuelas.

Mauricio Morando es actor y formó parte del elenco de aquella versión de “Mascaró”. Desde hace mucho tiempo quería realizar una versión teatral de La balada del álamo carolina. A comienzos de 2019 empezó a releer el texto y a probar cómo resonaba en su cuerpo y en su voz. Le pidió a Julio Benvenuto que lo dirija y comenzaron a ensayar. En noviembre de ese mismo año, el corazón de Julio dijo basta. Mauricio sintió que tenía que seguir adelante, por Haroldo y por Julio. Encontró su nueva directora en Andrea Peluso, una artista de Chivilcoy, y lograron estrenar la obra en agosto de 2021.

“Es un texto bellísimo y muy poético, hay muchísimas imágenes que se desprenden de cada palabra. Ese personaje vagabundo está lleno de matices y está muy ligado a Chacabuco, con ese árbol tan bello y tan mágico”, dice Mauricio, que también forma parte de la Asociación de Amigos.

Las funciones para las escuelas lo emocionan muy especialmente, cómo avanza la concentración de los pibes y las pibas, a medida que transcurre la obra, y quedan atrás los ruidos y murmullos iniciales, subyugados por el texto de Conti. “La obra recrea un Chacabuco con lugares y personajes que existieron antes, en algunos casos conocidos y otros que se van asociando de a poco”, señala, mientras desea seguir girando y disfrutando de esta versión de La Balada.

En la prensa, en las aulas

Martina Dentella tiene 30 años. Es periodista en el diario local Cuatro Palabras, lleva adelante la serie de podcast “Algo que decir” y es columnista de ambientalismo en el programa “Jugo de limón” que conduce Sandra Russo en la AM 530.  Empezó a leer la obra de Conti a los 21 años. Antes sólo había leído algún cuento corto que encontró en la biblioteca de la casa familiar, porque durante el secundario nunca le habían dado nada para leer del escritor chacabuquense.

“Conti se puede leer en distintas claves, en función de las geografías que recrea”, dice. En su niñez, por vivir en uno de los pocos pasajes de la ciudad con murales, Martina repetía de memoria, y sin tener en cuenta su dimensión política-social, aquella frase inscripta en el mural de la Escuela 1 que tiene a ese Conti con alitas que dice: “No sé si tiene sentido, pero me digo cada vez: contá la historia de la gente como si cantaras en medio de un camino: que nadie recuerde tu nombre sino toda esa vieja y sencilla historia”.

“Por conocer la ciudad y repensarla en función de mi trabajo, los espacios, costumbres, y personajes locales de su tiempo me conmueven. Porque aún con las marcas del tiempo, están ahí. También es interesante su experiencia como motivación física, artística: las charlas con amigos, los recorridos por los campos, los árboles, los tapiales, las historias. En la obra de Conti se percibe esa ciudad con un relieve fantasmal y la vida como un borrador”.

Cada semana, Martina publica material de archivo sobre Conti en Cuatro Palabras: fragmentos de entrevistas, de cuentos, textos de otros autores que hablan sobre Haroldo. “Creo que tiene repercusión en un grupo reducido y adulto. Seguramente esté fuera de mi radar, pero no tengo conocimiento de que las nuevas generaciones tengan acceso real y genuino a su obra”, asegura.

Escultura del artista Gabriel Albamonte basada en el personaje Basilio Argimón, del cuento "Ad Astra" de Haroldo Conti.

Luz Kling tiene 29 años y es docente, actriz y directora de teatro. Dice que la figura de Haroldo apareció en su vida a sus 15 años, en la escuela secundaria. Su infancia había estado apartada de la cultura y el arte, en su casa se dedicaban a otras cosas y el arte no era algo bien visto. La escuela era un paraíso, había una biblioteca y la dejaban entrar cuando quería. Un profesor de historia, Roque Cattaneo, les abrió la cabeza, les contó la otra versión de la historia argentina, la que casi siempre está oculta. Un día, en clase de biología, la mandaron a la biblioteca a pedir unos manuales y, como la bibliotecaria no estaba, se puso a hurgar y encontró un libro finito que le llamó la atención. Solo quería oler esas páginas amarillentas, pero algo le llamó la atención. Era Con otra gente y el cuento “Como un león” la dejó noqueada. ¿Este tipo era de Chacabuco? ¿Cómo puede ser que nunca hubiera oído hablar de él? Le fueron cayendo otras fichas, las conectó con las clases de Roque, era la primera vez que se sentía identificada con algo.

Luz trabaja en escuelas urbanas, en escuelas rurales, en centros culturales y en los barrios. “No hay uno de mis cursos que no conozca a Haroldo. Si no saben leer, yo les leo, si veo que es complejo para la edad o alguna patología, adapto la historia. Hoy en día, la figura de Haroldo tomó otro valor para la gente, es parte de nuestra identidad, aunque sigan existiendo personas que siendo de su misma ciudad natal no lo conocen. Pero veo que crece el número de docentes que fomentan y difunden su obra en las instituciones y eso es algo que nos hace bien”, dice.

Y agrega: “Sus historias y sus personajes, cargan con una poética tan simple y sensibilizadora que cualquier individuo se vuelve potencialmente permeable. Carisma, le dicen. Creo que era un tipo tan simple y encantador, que le llega a la gente de manera natural e inevitable, niños, adolescentes, adultos. ¿Quién no quiere hacerse un par de alas para irse al carajo como Argimón? ¿O correr sin parar, sin saber bien a dónde, pero ir, como el tío Agustín o el mismo Oreste? ¿Quién no quiere crecer y descubrir el mundo al ritmo del árbol en dirección al sol, tener un circo que le devuelva la alegría y la esperanza a la gente, que un oscuro jinete te proteja de todas las injusticias de este difícil mundo?”

Luz sostiene que Conti es ejercicio permanente de la memoria, con él se aprende la necesidad de rescatar hechos, seres, lugares, sensaciones, imágenes, amores, desencuentros, injusticias, victorias. “Cuando trabajamos con Haroldo, la reflexión y el disfrute se hacen presentes, sus personajes interesan, movilizan, dan qué pensar. A mis alumnes más grandes les digo: ‘No hagamos teatro por nada”. Eso es aburrido y sería desperdiciar una oportunidad valiosísima, siempre hay algo que queremos compartir, siempre hacen falta remarcar algunas cuestiones, sacar a la luz otras, invitar a soñar, a sentir, a pensar. Conti lo hacía con la literatura, yo (salvando las abismales distancias) lo intento hacer con el teatro, que por momentos se nos vuelve arca, árbol, abrazo, libro, huella, sueño, circo, camino, casa, fuego o garganta”.

Carla Pederzoli tiene 42 años, es hermana de Julieta y profesora de Lengua y Literatura. Recuerda que leyó por primera vez a Haroldo Conti gracias a una docente de la secundaria, Elena Urretavizcaya, que les acercó en cuarto año sus cuentos sobre Chacabuco y la novela Alrededor de la jaula. Carla se sintió cautivada, conmovida, movilizada. A partir de ahí empezó a leerlo y a investigar sobre su vida. Había ido a la Escuela 12, la misma que Conti.

Fue jurado del concurso literario que organizó la Asociación de Amigos y trabaja siempre con sus alumnos la obra de Conti. Según la edad, leen las cartas de Haroldo a sus hijos, los cuentos sobre Chacabuco, “Como un león”, la carta de rechazo a la beca Guggenheim, analizan las marcas de la memoria que le rinden homenaje en la ciudad. “La recepción de las chicas y los chicos es excelente. Se sorprenden de que un escritor que es tan importante para la literatura argentina haya nacido en Chacabuco y que no lo conozcan. Los cuentos que más le gustan son los que están vinculados con la ciudad, por los lugares y los personajes que nombra”, afirma.

En uno de los cursos, leyeron la carta en la que Gabriel García Márquez denuncia la desaparición de Conti, publicada en la revista Proceso de México, en 1981. Carla les explicó que García Márquez había ganado el premio Nobel. Y una de las pibas le dijo: “Y quién te dice profe que Haroldo no podría haber sido un premio Nobel, si le truncaron su carrera, lo desaparecieron a los 50 años, cuando había recién había escrito un libro tan hermoso como Mascaró”. Otros pibes terminaron de leer los cuentos y se quisieron ir en bicicleta hasta el álamo carolina. Otro curso armó una carta al Concejo Deliberante para que se recree el Prado Español del que Conti habla en “Las doce a Bragado” o “Perfumada Noche”. Las pibas y pibes, dice Carla, buscan fotos, hablan con sus abuelos y bisabuelos: “Es como que Haroldo pasa a ser un poco de ellos”.

La docente cree que la clave está en el amor que Conti transmite por los otros, por la naturaleza, por ciertos personajes y lugares, por los marginados, por un árbol viejo, por el Tigre, por su pueblo. Y recuerda aquel epígrafe de “Perfumada noche”: “Para mi tía Haydée, para que nunca se muera”. Y entonces le saltan a la memoria las caras de las pibas y los pibes, cómo expresan lo que sienten cuando lo terminan de leer, y piensa: Haroldo lo sigue haciendo, lo logró. “Cada vez que en un salón o en algún lugar leemos a Conti, Haroldo lo logra otra vez: inmortalizar y transmitir todo ese amor por Chacabuco que él tenía”.

Sin embargo, considera que Chacabuco sigue en deuda con Conti, porque Haroldo inmortaliza y reivindica a ese pueblo niño en su obra. “Y no sé si la ciudad ha podido estar a la altura de eso, más allá de que hay muchas personas que trabajan y militan por la memoria de su obra y su vida. Pero mientras allá pibas y pibes de nuestra ciudad que no lo conozcan, estamos en deuda”, convoca.

Una de las postas del recorrido histórico "Los caminos de Haroldo", por lugares emblemáticos en la vida y la obra de Haroldo Conti en la Ciudad de Chacabuco. Esta cartografía es llevada adelante por la Asociación Amigos de Haroldo Conti.

La mirada viva

Gabriel Albamonte tiene 55 años y un taller metalúrgico. Leyó La balada del álamo carolina en la escuela secundaria, en las clases de Marisa de Nigris. Recuerda los cuentos protagonizados por el tío Agustín, la nostalgia de aquellos personajes que ya no están, pero que conocía de escuchar sobre ellos en las charlas familiares. Su abuela, incluso, le contaba la historia de un hombre que quería volar y diseñaba distintos instrumentos para hacerlo. Nunca supo si esa historia es la misma que inspiró a Conti para crear al Basilio Argimón de “Ad Astra”, o si era otra, o si su tía se refería al cuento de Conti. Sí tiene claro que ese personaje lo atrapó desde su juventud.

Desde joven es amigo de Marcelo Conti, el segundo hijo de Haroldo. Así comenzó a leer casi toda la obra del escritor. Autodidacta, hace unos veinte años comenzó a hacer dibujos: a lápiz, al pastel. Y en un día de esos aburridos se le dio por hacer obras artísticas en hierro. Así realizó una escultura del Tío Agustín, que está emplazada en el anexo del Club Social de Chacabuco.

Argimón es libertad y por tanto es su personaje preferido de la obra contiana. Desde hace un tiempo, hace esculturas de ese homo viator en distintos tamaños. Hasta donó una de esas obras a la Escuela de Bellas Artes de Pergamino. Ahora está haciendo otra, de cerca de un metro sesenta, con alas de casi dos metros, por encargo de la Asociación de Amigos Haroldo Conti y la diputada provincial Mica Olivetto. Pero no quiere que lo apuren, va a su modo, con sus tiempos.

En la charla, recuerda uno de sus primeros retratos. Había visto una imagen de Conti en un recordatorio del diario Página 12, después Marcelo Conti le acercó más fotos. Y se puso a dibujarlo a lápiz. Ahí estaba meta dibujar, cuando entró Pocha Conti, la hermana de Haroldo y vio el retrato. “Con esa mirada hasta parece que está vivo”, le dijo Pocha. Ese elogio es el mejor regalo que dice que tuvo Albamonte en su trabajo artístico. Ese retrato hoy se puede ver en la Casa Museo de Conti en el Tigre.

El fermento

En el último día de abril de este 2022, en una Feria del Libro que reabrió sus puertas después de dos años, me zambullí de cabeza en el stand del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Sabía que Ediciones Bonaerenses acababa de publicar el libro “Haroldo Conti. En prensa. 1955-1976”, que recupera sus colaboraciones en distintos medios gráficos. Tomé un ejemplar con cariño, miro la tapa, la contratapa, las solapas. Ya era tarde, una mujer se acercó con amabilidad, para avisarme que estaban cerrando. Soy de Chacabuco, le dije, sin soltar el libro. Me dijo que me llevara un ejemplar. Salí feliz, a las corridas. Cuando volví a abrirlo, la sorpresa me abrumó. El libro cierra con un artículo de Conti para la revista Vértebra y Fermento. Es la publicación que hacían mis padres, junto a otras y otros jóvenes que habían compartido el Grupo Juvenil Parroquial y luego crearon la Agrupación Lealtad. El lema de aquella revista era: “Voz de los que no tienen voz en la Ciudad de Chacabuco”. Llegaron a editar siete números, entre fines de 1974 y mediados de 1975.

Y en ese último número, de julio de 1975, salió publicado ese texto de Haroldo: “Chacabuco, desde el álamo carolina”. Allí recrea el vínculo con su ciudad, su decisión de irse a Buenos Aires, los regresos mientras estudiaba Filosofía, las distancias, las ausencias de ese territorio en la primera etapa de su obra. Allí también adelanta que está por publicar un libro, La balada del álamo carolina, dedicado a su pueblo.

Para cerrar citemos a ese Conti que escribe para Vértebra y Fermento: “Yo soy eminentemente un forastero en Buenos Aires. No lo soporto, no hago migas con él. Es la soledad tremenda: esa soledad acompañada, en apariencia. Me siento fundamentalmente un hombre de pueblo. Un hombre del interior. Y donde me reconozco es justamente aquí, en Chacabuco, donde nací, y lo quiero entrañablemente”.

Manuel Barrientos

Es periodista y licenciado en Comunicación de la UBA. Docente universitario, fue coordinador de Prensa y Comunicación del Ente Público Espacio Memoria.

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