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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

11/08/2022

La búsqueda incansable de Chicha Mariani

Combustible para cambiar la historia de la ciencia

El proceso para tratar de encontrar a su nieta Clara Anahi, milagrosa sobreviviente del operativo en el que asesinaron a su nuera, llevó a Chicha Mariani a impulsar una revolución mundial en la investigación genética: cómo establecer filiación entre abuelos y nietos sin pasar por los padres. Coraje, lucidez y compromiso con la verdad y la justicia dan sentido a una historia que todavía no se terminó de contar.

La mañana del 25 de noviembre de 1976, cuando supo que el operativo militar del que hablaban en la radio era en la casa de Daniel, su único hijo, Chicha Mariani no sabía que estaba siendo empujada a torcer el curso de la historia. Hasta ese día, enseñaba Historia del arte en el Liceo y sólo ansiaba jubilarse. Tampoco lo sabían los altos mandos de las fuerzas conjuntas, que dirigieron el ataque desde los techos lindantes.

Fueron tres horas de furia, de sembrar el terror en el barrio. Doscientos hombres, entre policías bonaerenses, federales, tropas del ejército e infantes de marina, con apoyo de una tanqueta y un helicóptero que sobrevolaba el área. Las contadas veces que Chicha había visitado la casa de la calle 30, para comer algún asado o ver el ajuar de su nieta en camino, durante los meses previos, había ido “cerrada”.

Chicha supo que su hijo se había salvado. El propio Daniel se lo avisó por teléfono la noche del ataque, aunque sea un secreto que guardará por más de 40 años. Pero su nuera Diana Esmeralda Teruggi estaba muerta y nada se sabía de su pequeña nieta, Clara Anahí Mariani. Otras cuatro personas habían sido asesinadas: Daniel Eduardo Mendiburu Elicabe, Roberto César Porfidio, Juan Carlos Peiris y probablemente Alberto Bossio. Ellos eran los operarios de la imprenta más importante de la guerrilla peronista –donde se editaba la revista Evita Montonera-, que funcionaba en un sótano disimulado por una falsa medianera y un criadero de conejos, cavado en el patio de la casa. Daniel sería asesinado nueve meses después, tras rechazar el departamento en Roma que ella y su esposo Pepe le ofrecieron, y advertirles que si vuelven a suplicarle que se vaya del país no le iban a ver más la cara. Pero tampoco lo sabe.

La sorpresa por el tenor del ataque a la casa de calle 30 fue asunto de conversación en casi todas las reparticiones policiales y militares. Pero más asombro causó que una beba de tres meses y doce días haya sobrevivido. “¿cómo pudo salvarse?”, vociferó el suboficial Mario Oscar Bazán en el comedor del Regimiento VII, durante la cena. Circuló como un rumor insistente en los pasillos de la Jefatura: dijeron que del operativo “falta una criatura”[1], como lo contará algún día el chofer de Etchecolatz. José Celedonio Torres, que cumplía funciones en la comisaría Novena, escuchó a sus camaradas hablar del procedimiento. Un tiempo después, visitó él mismo la casa para ver lo que quedó en pie, y los vecinos le contaron que a la niña la sacó un bombero, envuelta entre colchones. Hay más versiones. A la empleada bancaria Liliana Stancatti, de licencia médica el día del ataque, se lo dijo el custodio del banco unos días más tarde: se llevaron la nena viva, señora, sus padres la resguardaron con mantitas y frazadas en una bañera. Quién fue, quiso saber Stancatti: 

—Un alto jefe de Policía cuya esposa no puede tener hijos[2].

La bañadera fue siempre un lugar lógico para esconder a Clara: Diana se lo dijo a Chicha en conversaciones casuales. El plano de la primera pericia balística sobre la casa, ordenada por el juez Antonio Borrás el 12 de mayo de 1986, describe la trayectoria de las balas y establece la ubicación de las bocas de fuego y los impactos. Y le da crédito a esa versión: los peritos no encontraron en la bañadera ningún orificio de bala.


Chicha Mariani en la casa de la calle 30 donde se ejecutó el criminal ataque del 24 de noviembre de 1976.

La chispa de la revolución

Los primeros pasos de Chicha y las Abuelas, todavía en dictadura, son el tramo conocido de la historia: avanzaron sin protocolos, con el dolor como impulso, porque nadie les decía cómo restañar esa realidad delirante de hijos muertos y nietos que faltaban. Usaban métodos que nacían de su intuición: llenaban una ficha por cada bebé robado, anotaban la descripción física, manías, gustos, enfermedades de los padres. 

A fines de la década del ‘70, dos años después de su fundación (21 de noviembre de 1977, cambiada al 22 de octubre en la década del ’90), Abuelas de Plaza de Mayo ya era una institución con fama mundial, y sus reclamos también. Chicha se acostumbró a hablar en foros internacionales, ante auditorios solemnes. Se topaba con la foto de Clara Anahí en una marquesina canadiense o el hall de un hotel en Noruega. En 1981, en una visita a ese país nórdico, las invitaron con Estela Carlotto a un noticiero. “Nos maquillaron y ya ves, aunque gordita, me veía bien. Quien no la va a ver bien es el gobierno militar. Ayer salimos en todos los diarios”, escribió en una carta dirigida a su esposo José Mariani, Pepe, que vivía en Italia y con quien se cartearía durante veinte años. Aprovechaba las giras por el extranjero para escribirle sobre los puntos más sensibles y burlar la vigilancia dictatorial.

Por ese tiempo, Chicha todavía creía que iba a reconocer a Clara Anahí por la separación de los dientes o el lóbulo de las orejas: detalles físicos que no se podían fraguar. Ella misma mandó a analizar a Francia un mechón de pelo de una niña que durante años creyó su nieta: “El otro análisis del pelo de la nena se está haciendo en Europa. No sé si estos análisis son definitorios. Supongo que solo son aproximativos”, le contó a Pepe en otro intercambio epistolar. Pero el análisis no pudo hacerse porque el pelo no tenía bulbo, raíz.

Luego se dieron cuenta que incluso reconociéndolos no bastaría: necesitaban evidencias irrefutables para ganar la tenencia en futura una disputa legal. Así, obligadas por las circunstancias, empujaron una verdadera revolución científica: el índice de abuelidad.

Todo había empezado por una duda de Chicha, que llevó junto a otras Abuelas a los genetistas más prestigiosos del planeta: ¿podía encontrarse la coincidencia en la sangre entre abuelos y nietos, aún si faltaba una generación? 

En 1982, el enigma desafió a algunas de las mentes más brillantes, quienes se pusieron en contacto entre sí. El genetista argentino exiliado en Nueva York, Víctor Penchaszadeh, contactó a Chicha y a Estela Carlotto con Fred Allen, director del Banco de Sangre de esa ciudad. Allen se comunicó con Eric Stover, de la Asociación Americana por el Avance de la Ciencia (aaas), quien a su vez convocó a Christian Orrego; éste habló a la especialista en genética poblacional de la Universidad de Berkeley, California, Mary Claire King. Stover, Orrego y King tenían un pasado en común: habían estado en Chile el 11 de septiembre de 1973, cuando el general Pinochet había derrocado a Allende. Aceptaron de inmediato, diez años más tarde, el desafío de sanar las secuelas de lo que en ese entonces habían comenzado a ver. Un tiempo después se sumó Clyde Snow, un texano excéntrico que vestía un sombrero de ala ancha y andaba siempre con una petaca de whisky en el bolsillo del pantalón. Además de un trotamundos, Snow era uno de los mejores antropólogos forenses. Esas eminencias capacitaron a los laboratoristas del hospital Durand, donde se harían las extracciones de sangre en la Argentina. Una reunión con el presidente Raúl Alfonsín logró el resto: que se creara el Banco Nacional de Datos Genéticos.

Daniel y Diana en la fiesta de casamiento. Foto: Archivo Asociación Anahí

Las pruebas

A lo largo de los años, Chicha logró que policías, curas y soldados le confesaran que su nieta estaba viva. Dos monseñores —Juan María Montes y Emilio Graselli— prometieron ayudarla en un primer encuentro, y luego exigieron que dejara a la nena en paz, porque perturbaba a la familia que la tenía, una familia con mucho poder.

Varios policías bonaerenses también lo reconocieron. El comisario Osvaldo Sertorio se lo dijo en un diálogo, frente a frente, aunque lo negó en sede judicial. Carlos Alberto Hours declaró en la Conadep que Diana Teruggi había sido ametrallada en el patio “envolviendo a la menor, que estaba ilesa”. El agente Daniel del Arco quiso incluso vendérsela: al final dijo que sus superiores lo persiguieron, y que eso había frustrado la operación. Hugo Guallama, chofer de Etchecolatz y quien disparó —según su propio relato— contra Diana aquella tarde, le confió a su pareja en el año 2000 que la beba sobrevivió.

Y al menos cuatro vecinos —Oscar Ruiz, Florentina Fernández, Liliana Stancatti y Carlos Leotta—, vieron hombres de civil cargar un canastito —algunos incluso los identificaron en fotos— o escucharon a otros policías decir que había sobrevivido.

Todos, policías y clérigos, mintieron ante los estrados judiciales. Pero en 2012, durante el juicio oral por el circuito Camps, algo cambió. Declaró por primera vez el ex colimba Juan Carlos Elso, que había estado parado en la vereda de la casa durante el final del procedimiento, y vio cómo un hombre de civil le pasaba por al lado con un bulto envuelto en una manta. Su relato fue la primera prueba judicial firme de que Clara Anahí salió del infierno con vida. Elso vive en Bolivia. Cuando vino a declarar en otra causa, en abril de 2016, señaló en un álbum fotográfico a quien se parecía al chofer de la camioneta que se la había llevado. Lo que no sabía es que el hombre de la foto iba a morir tres semanas después. Además de la desgracia,  la pereza judicial es la única explicación para que no se haya seguido con premura esa pista abierta con su testimonio.

 Clara Anahí. Foto: Archivo Asociación Anahí

El legado
El 20 de agosto de 2018 murió Chicha Mariani. Sin estridencias, acompañada de un puñado de colaboradoras y algunas amigas que llegaron desde otras ciudades a despedirla. Dejó la huella de su lucha y un gigantesco archivo: cajas clasificadoras, libros, pilas altas de diarios viejos, cuadros pintados por ella y por sus amigos, miles de papeles distribuidos en estantes y 662 carpetas desparramadas en cinco habitaciones distintas. El último tiempo había estado preocupada por las cosas que dejaba sin terminar.

—Necesito que las cosas tengan un fin —reconoció en una de las entrevistas para el libro “La Casa de la Calle 30. Una historia de Chicha Mariani”—. No puedo dejar las cosas por la mitad, o en el principio, aunque sepa que me voy a dar un golpe grande, sigo adelante. No sé abandonar las cosas. Cuando me he visto, en la vida, obligada a abandonarlas, he sufrido enormemente. Me he sentido culpable, débil, inútil, cobarde. Y sé que no soy cobarde. Porque he afrontado cosas muy duras. Pero he tenido momentos de cobardía. Cuando no hice lo que creí que tendría que haber hecho fue porque no me di cuenta, o porque no era el momento.

El día que se declaró su ACV, nueve días antes de morir, le dijo a Leticia Finocchi, una de sus colaboradoras más cercanas, que la tranquilizaba que estuviera ocupándose de todo. “Esto. Ocuparte”, le repitió al oído. Fue el lunes 6 de agosto. Chicha había despertado con la mente límpida, como hacía rato no sucedía, y habían hablado del trabajo por delante en la búsqueda judicial de Clara y de las actividades de la Asociación. 

“Yo aprendí todo trabajando codo a codo con Chicha. Aprendí a decir, a no decir diciendo, a ser protocolar. Tuve la mejor escuela”, recordó Finocchi, entrevistada para el libro “La Casa de la Calle 30. Una historia de Chicha Mariani”. Actualmente, es la vicepresidenta de la Asociación Anahí -fundada por Chicha en 1996, tras dejar Abuelas de Plaza de Mayo-, que está a punto de lanzar una nueva página web con materiales del archivo inéditos, y que sigue abriendo las puertas de Casa de la calle 30, conservada casi como la dejó la furia y el fuego, para quienes quieran recorrerla y aprender lo que pasó allí: “Para poner a la Casa de 30 como eje y desde allí, las distintas actividades culturales que nos permitan sostener el legado de Chicha y seguir buscando a les nietes que faltan encontrar”, concluye Finocchi, horas antes de un nuevo cumpleaños, lejos de su historia, de Clara Anahí.


Asociación Anahí. Sitio de Memoria Casa Mariani - Teruggi
Calle 30 entre 55 y 56, La Plata, Buenos Aires. 
IG: @casamarianiteruggi

 

Laureano Barrera

Nació en Quilmes en 1980. Docente, investigador y periodista especializado en Justicia y Derechos Humanos. Sus artículos y reportajes se publican desde 2005 en medios de Argentina y el extranjero: Miradas al Sur, Cosecha Roja, Infojus Noticias, revista Anfibia, Crisis, THC, Junge Welt y Kulturaustausch (Alemania), Gatopardo (México) y otras. Acaba de publicar su primer libro: "La Casa de la Calle 30. Una historia de Chicha Mariani", sobre la vida de la fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo.

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Notas

1:  Declaración de Enrique Alberto Gil, chofer de Etchecolatz, en el juicio por la Verdad (18 de abril de 2007).

2: Liliana Stancatti relató la conversación con el custodio policial ante estrados judiciales en 2001 y 2006, pero olvidó su nombre y la Justicia nunca pudo encontrarlo.

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