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Revista Haroldo

Diálogo con el pasado y el presente

05/11/2022

10 años sin Leonardo Favio

Nadie es feliz en soledad

Por Sebastián Scigliano

Ilustración Rep

Artista polifacético, sensible y lúcido, Leonardo Favio produjo en un puñado de películas lo que tal vez sea la obra más trascendente de la cinematografía argentina, en la que se conjugan la imaginación popular, la construcción de una sensibilidad nacional y una especialísima trascendencia estética. Miguel Rep aporta su arte para recordarlo en este sencillo pero merecido homenaje.

Primero actorcito en bolos que le conseguía su mamá; después actor con todas la letras hasta del mismísimo Leopoldo Torre Nilsson; en el medio o durante, cantante de vibrato engolado y retórica con almíbar, furor en el continente de habla hispana y, finalmente, director de su propia obra, inclasificable, aluvional. Leonardo Favio es sin dudas uno de los puntos más encumbrados de la cultura popular argentina de la que, en buena medida además, fue su arquitecto.  

2008. Ya, para la época, la escena es inusual: una sala entera de cine, de esas que ya no quedan, las de platea, pullman y superpullman, aplaude de pie el final de una película. Promedia el año y acaba de terminar la proyección de Aniceto, la que será la última gema de Leonardo Favio pero que es, en realidad, una reversión monumental de El romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más, su segundo film, estrenado más de cuarenta años antes. 

Esta vez, lo que el público aclama rabiosamente no es una fábula costumbrista en la que el malogrado criador de gallos de riña es interpretado por un jóven Federico Luppi, sino un ballet con estructura clásica, desarrollado en un escenario artificial en el que en ese papel Hernán Piquín luce impactante y cursi a la vez. “Voy a hacer un ballet con Aniceto”, dijo, y lo hizo. Y el auditorio entero celebra tanto la audacia del genio como la confirmación de que hay ahí una sensibilidad propia, local, en la que se arropan las emociones que la misma obra de Favio supo diseñar en su público y que lleva, para entonces, casi diez años de silencio. 

Aniceto será a la postre la última obra de un artista singularísimo, tal vez el más talentoso director de cine que naciera en estas tierras, pero seguramente mucho más que eso. Hoy hace diez años que Leonardo Favio ya no está. Y mientras crecen los homenajes como la hierba en enero, su legado sigue siendo un fantástico caleidoscopio de sentimentalismo popular, desparpajo autodidacta, romántica provinciana y misticismo mestizo. 

Ilustración: Rep

 

Las viñetas que ilustran este homenaje, nacidas también del talento de un artista popular como lo es Miguel Rep, lo muestran joven y enérgico detrás de su cámara, ya más maduro contemplando un set en el que transcurre una de sus miles de escenas pero también melancólico ante su creación, mirando de costado a ese gallito de pecho hirsuto que, encadenado y todo, espera erguido su destino como se espera lo que se ama. "Ese es nuestro oficio: testimoniar el llanto, testimoniar la historia, ser memoria". 

“A Buby Stagnaro que hace muchos años me enseñó a utilizar la luz”, dice una de las dedicatorias del final de Aniceto modelo 2008, entre otros agradecimientos. Juan José “Buby” Stagnaro, maestro de  la fotografía cinematográfica argentina, colaboró con Favio en varias de sus primeras películas y la cita a su arte que el propio Leonardo dice haber aprendido no es ingenua ni casual: Aniceto es una desmesurada alegoría pop de uno de los pasajes fundacionales de la obra de Favio, no sólo por ser una de sus primeras películas, sino también por el universo que ahí se comienza a delinear, plagado de arquetipos populares nacidos en un sainete que van ocupando, conforme avanza la historia de su filmografía, los distintos roles circunstanciales que la imaginación desbordante de Favio les va asignando cada vez.   

Pero, ¿por qué ese elogio a la luz? Además de la reivindicación del oficio, del trabajo humano puesto en el hacer del arte, la luz en Aniceto lo es todo. Es el fastuoso juego de luces, sombras y colores el que conduce la trama trágica del entrañable gallero que enamora a una y se enamora de otra y al que todo le termina saliendo mal. En la luz, en el manejo del claroscuro, parece haber encontrado Favio la cifra de su obra, al final último de su carrera. Es con esa luz con la que el artista popular que siempre fue parece encontrar la gramática definitiva de su arte, aquella que no necesita de las palabras para condensar un sentido. Como si todo el viaje hubiera sido de la palabra - la película se basa en un cuento de su hermano Zuhair Jury - a la imagen, del signo al sentimiento. 

Ilustración: Rep

 

Perón: Sinfonía del sentimiento, por caso, se llama su película más extravagante, una suerte de elegía interminable del peronismo, o de lo que para Favio es el peronismo, más bien. Y ahí, otra vez, alta y baja cultura, sinfonía y sentimiento, se ponen al servicio de interpretar una sensibilidad, un modo de estar en el mundo. “Yo no soy un director de cine peronista, yo soy un peronista que hace cine”, decía Favio de él mismo. El caballo adelante del carro: Favio no mira al peronismo con una cámara, no lo documenta, Favio fabrica el cine desde el peronismo, desde esa sensibilidad, desde los ojos del pibe pobre que fue en su Mendoza natal, del que pasó por la reclusión temprana en institutos de menores - experiencia que exorcizó en Crónica de un niño solo, su primera y sorprendente película como director - hasta los del buscavidas provinciano, cándido y feroz que interpreta nada menos que Carlos Monzón en Soñar, Soñar, de 1976, su última película antes del exilio. El peronismo, antes que una doctrina, para Favio es una sensibilidad, un modo de organizar el mundo sensible de las clases populares argentinas que encontraron en el peronismo una distinción, una forma de singularidad, una identidad.  

Ilustración: Rep

Y en el medio o durante ese viaje El Dependiente - nunca Graciela Borges será más despiadadamente bella que en esas noches de patio pueblerino - que cierra su trilogía fundacional en blanco y negro y para cuyo financiamento, dicen, se metió a cantor.  Y la gauchesca en Technicolor de Juan Moreyra o Nazareno Cruz y el lobo y Gatica, claro, Gatica, ese monumento al ídolo popular con el que volvió a las pantallas, después de casi dos décadas, en 1995 (Perón, sinfonía del sentimiento no tuvo estreno oficial en los cines).

Durante la campaña electoral de 2019 una iniciativa en redes sociales invitaba a elegir una figura a partir de la cual “te hiciste peronista”. Había que elegir una de todas y postearla, como módica proclama. Una de las figuras que aparecía era Favio. Y estaba bien porque, más allá de la forma que haya adoptado su arte, siempre hubo en Leonardo Favio una búsqueda fundamental: retratar el alma popular de su patria, ofrecerle una forma de narrarla, de volverla relato, de hacerla sonar y proponerle la fantasía de perdurar como un intangible, como algo que está en el aire, que se respira, que tiñe lo que toca de una luz inconfundible, como en su Aniceto final. En definitiva, de volverla una forma de la felicidad. 

Miguel Rep

Miguel Repiso, Rep, nació en Buenos Aires. Publicó su primer dibujo en marzo de 1976, a los 14 años. Publicó en la revista Humor Registrado las series El Recepcionista de Arriba, Los Alfonsín, Joven Argentino, y Postales, en la Fierro de los ochenta.  y en el diario Página 12. Entre sus personajes más célebres están Gaspar el Revolú, El Niño Azul, El Culpo, y Lukas, entre otros. Obtuvo premios en España, Cuba, Japón y la Argentina.

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